El desafío global de educar frente a liderazgos que promueven la confrontación
Hace dos décadas, en el Centro Ecuménico Diego de Medellín en Santiago de Chile, se promovía un diálogo interreligioso y humano que buscaba construir comunidad desde el respeto y la convivencia. En ese espacio, el concepto de poder se entendía como una fuerza para tejer vida y fortalecer lazos sociales, a diferencia del actual escenario mundial donde predomina la deshumanización y la división.
Hoy, líderes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu representan un estilo de gobernanza basado en la confrontación, el miedo y la polarización. Su ejercicio del poder no solo amenaza la estabilidad internacional con conflictos armados, como el enfrentamiento entre Irán e Israel o la violencia en Gaza, sino que también impacta en las sociedades a nivel local, afectando la convivencia y los valores fundamentales.
Esta situación plantea una reflexión profunda sobre qué tipo de humanidad y ciudadanía estamos formando. Frente a un poder que impone y fragmenta, es urgente apostar por una educación que fomente el diálogo, la escucha activa y la construcción colectiva. La pedagogía debe convertirse en una herramienta política transformadora que fortalezca el sentido de comunidad, justicia y esperanza.
En definitiva, responder a la barbarie con silencio o armas no es opción. La educación emerge como el camino para enfrentar los desafíos éticos y sociales actuales, promoviendo un horizonte donde prevalezca el cuidado mutuo y el respeto por la vida, valores indispensables para revertir la des-civilización global.