Antofagasta y el legado del aluvión de 1991: riesgos y medidas para evitar una nueva tragedia
El 18 de junio de 1991, Antofagasta vivió una de las peores catástrofes naturales de su historia cuando una lluvia torrencial e inusual para la época provocó un devastador aluvión. En apenas tres horas, se acumularon 42 milímetros de agua concentrados en la precordillera y cerros aledaños, lo que desencadenó el arrastre de barro, piedras y escombros por las quebradas que rodean la ciudad.
Este fenómeno dejó un saldo trágico: 91 personas fallecidas, aproximadamente 6.000 viviendas destruidas, miles de damnificados y daños materiales estimados en 80 millones de dólares. La falta de infraestructura preventiva y planes reguladores adecuados en ese entonces agravaron el impacto del desastre, tomando a la población completamente desprevenida.
En la actualidad, aunque los riesgos asociados a fenómenos similares siguen vigentes debido a la imprevisibilidad climática y la crisis hídrica que afecta al norte del país, se han implementado importantes medidas para reducir la vulnerabilidad. Proyectos como muros de encauzamiento, estabilizadores de pendientes y canales de hormigón buscan controlar el flujo de agua en las quebradas más críticas, mejorando la resiliencia urbana.
Además, las autoridades enfatizan la importancia de mantener informada a la comunidad sobre protocolos de evacuación y prevención. La ministra de Obras Públicas, Jessica López, destacó el rol fundamental del proyecto de control aluvional impulsado por el PNUD para proteger vidas e infraestructura. El desafío sigue siendo avanzar hacia una cultura preventiva que permita enfrentar con mayor eficacia futuros eventos climáticos extremos.